Avanti, bersaglieri, che la vittoria é nostra!

jueves, 7 de noviembre de 2013

Orgullo

Podemos pensar que estamos determinados por nuestra historia, por lo que vivimos en los inicios de nuestras vidas cuando aún no teníamos herramientas para lidiar con la realidad. Por otro lado, también podemos pensar que somos libres de hacer con nuestra vida lo que queramos, y que la historia no es más que una suerte de excusa para no hacerlo.
Podemos adoptar y afirmar cualquiera de las dos posturas, y lo más probable es que lo hagamos desde el sentimiento que tengamos respecto a nuestra realidad. Sigo afirmando que uno no elige una postura filosófica en base a la meditación concienzuda; sino que uno ya tiene una forma de ser en el mundo y toma la filosofía que mejor lo representa; adopta un marco favorable.

Disfruto de pensar, más allá de lo mucho o poco que me resulte. Así y todo nunca, por vueltas que le dí, pude adoptar plenamente ninguna de las dos ideas. Este problema de la Libertad siempre me abrumó.
Sin embargo, no hace mucho me encontré con una frase de Jean Paul Sartre que vino a darme un poco de paz al respecto y decidí adoptarla plenamente: “Lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros”.
Al principio la tomé como una especie de síntesis dialéctica de las posturas antes mencionadas, pero inmediatamente noté que se trata de una afirmación tajante de la libertad. Afirma categóricamente que no estamos determinados. Es decir, si bien es cierto que “nos hacen” de determinada manera, también es cierto que siempre existe la posibilidad de actuar sobre lo que hicieron de nosotros.
Dice, más claramente, que no podemos escapar de la libertad, así como no podemos escapar de la responsabilidad.

¿Y el orgullo?
De la misma manera que detesto las fotos morbosas en internet con un supuesto mensaje moral, es que prefiero evitar la morbosidad de contar mi historia. No tengo nada que esconder ni lamentar, pero las redes sociales suelen ser demasiado retorcidas como para alimentarlas con algunas historias de vida.
Pero lo que puedo decir es que, personalmente, tengo una sola cosa de valor; hay una única cosa que me hace sentir orgulloso. En momentos en que lo único que tenía era lo que llevaba puesto, sabía que había algo muy valioso que nadie nunca me iba poder quitar. Lo que dice Sartre ¡Lo que hice con lo que hicieron de mí!
Soy libre y responsable de todas mis cagadas, que son muchas, pero no me escudo en mi infancia. Con mis padres tendría excusa para ser asesino serial. Pero si me hicieron mierda no es una mala noticia, sino una prueba acorde a mi voluntad de superación. Si me equivoco es por pelotudo, nada más; y entonces trato de corregir lo que puedo y sigo. Así y todo, cuando veo de donde vengo, pensar que fui el único y libre artífice de mi realidad actual me llena de orgullo. No tengo ninguna otra cosa buena, pero ese sólo orgullo para mí es suficiente.
Y por mi condición e historia ¡Y por orgullo! es que elijo ser ferviente e incondicional defensor del concepto de libertad. Es por eso y no otra cosa que no acepto el clásico “Pero pobre, es así por lo que vivió”, porque así como yo, conozco varias personas que tuvieron infancias espantosas y no se transformaron en algo “así”, sino que se cargaron su vida al hombro y operaron una metamorfosis a fuerza de voluntad.
Que cada uno se construya su motivo de orgullo, o se retire con sus pretensiones de fatalidad a otro lado.
La suerte no discrimina, no te toma de punto. En cambio la voluntad es totalmente personal y sólo la puede poner uno, ahí no hay tutía. No hay buena o mala suerte (y si la hay es para todos igual), pero lo que sí hay es mayor o menor voluntad. Ahí se ven los pingos.

lunes, 21 de octubre de 2013

Eleodora héroe de la comunidad china

Estos días apareció en la tele la noticia del asalto frustrado a un supermercado chino. Según los periodistas un par de valientes agentes redujeron a un asaltante armado sin provocar heridos. Para mí pasó como una noticia más, hasta que me enteré lo que en realidad sucedió.

Eleodora se encontraba en el supermercado chino reponiendo parte de su arsenal alcohólico. Luego del episodio del Carlos Luna de terracota se hizo muy conocida en la comunidad, donde comenzó a ser muy bien recibida. Tanto fue así, que el dueño del supermercado consigue las poco comunes botellas de Hesperidina especialmente para ella.
Eleodora había llenado con botellas dos canastos y llevaba uno en cada mano. Prefiere los canastos a los carritos porque le permiten mantener en forma sus hombros, esenciales para acarrear bolsas de cemento portland.
Eleodora se acercó a la caja y estaba por apoyar los canastos en la mesa donde se encuentra el lector de códigos de barra, cuando un individuo la quitó de enmedio de un empujón, se adelantó y se ubicó delante de ella frente al cajero, dándole la espalda.
Eleodora le gritó indignada -Yo estaba primera ¿Qué te colás, pelotudo?-
El tipo se dio la vuelta. Se trataba de un hombre caucásico, rubio, de poco más de un metro noventa y con una contextura física similar a un ropero. Sus ojos se encontraban casi reducidos y ocultos tras dos pómulos de concreto y una frente acorazada, y su mandíbula sobresalía como la de un bulldog. Llevaba un cigarrillo sobre la comisura derecha, los labios casi inexistentes y una pistola Ballester Molina del cincuenta y tres bien aferrada a su diestra, con la cual ahora apuntaba a Eleodora.
Eleodora no se amedrentó y le volvió a gritar en la cara -¿Escuchaste boludazo? Yo estaba primera- El rubio pareció abrir un poco los ojos, como sorprendido, pero reaccionó levemente con un -Esto es un asalto-
Eleodora entonces replicó usando una voz grave y tonta, con acento arrastrado, acentuando un tono idiota al llevar las comisuras hacia abajo y los labios hacia adelante, con evidente intención de estar imitándolo -Esto es un asalto, esto es un asalto- Y luego continuó con su propia voz -Ya sé, estúpido, eso te da cierto poder para que el chino te de la guita, pero no te da derecho a colarte; dejame pasar, pelotudazo-
En el rubio operaba un desconcierto tal, que lo mantenía paralizado, con el índice firme sobre el gatillo de la pistola, pero inmóvil.
Como si de un duelo se tratase, Eleodora desenfundó su mirada más fiera; tras lo cual el chino, que estaba detrás del rubio, tuvo que cerrar los ojos al no poder soportar esa visión. Detrás del chino, una botella de Campari se rajó a la mitad y cuatro cajas de caldo de verdura cayeron al piso.
El rubio soltó dos lagrimones debido al ardor en los ojos, provocado por la mirada de Eleodora. Pero era duro, muy duro. Entonces aspiró profundo a través del cigarrillo, cuya punta se encendió como una antorcha, levantó el arma y la apuntó directo a la cara de Eleodora.

De repente se oyó un barullo confuso que provenía de la puerta. Alguien había entrado rauda y atropelladamente, atravesando las tiras de plástico multicolor que colgaban de la entrada formando una cortina.
Era Aristóbulo, que de algún modo se había percatado del peligro que acechaba a su prima.
Entró a la carrera traspasando la cortina, pero un manojo de tiras se habían enredado en sus brazos convirtiéndose en nudos a la altura de sus axilas. Debido al apuro y el sobrepeso no pudo controlar su entrada; no logró detenerse y pasó de largo perdiéndose entre las góndolas y arrancando de cuajo la cortina, la cual se llevó completa y a la rastra por el piso.

El rubio quedó, una vez más, inmóvil, sorprendido, petrificado.

De repente, el chino, el rubio y Eleodora vieron emerger de la última góndola a Aristobulo, gordo, con bigotes a lo Pancho Villa, lentes grandes y oscuros, cadena de oro al cuello, camisa de colores, pantalón corto y medias de toalla metidas en dos ojotas.
Se acercó al rubio ensayando un paso altanero y elegante, el cual fue malogrado por la cortina de plástico que aún arrastraba colgando de sus hombros. Aristóbulo, rápidamente, descubrió desde su espalda su mano derecha portando un desodorante que había tomado de una de las góndolas, con un golpe de palma de la mano izquierda le quitó la tapa, a la manera de los pistoleros del viejo oeste, y lo apuntó a la cara del ladrón. Cuando intentó vaporizar el contenido sobre los ojos del rubio ¡Que sorpresa se llevaron todos! Se trataba de un desodorante a bolilla.

El rubio parecía una estatua viviente. Era tanto lo que no podía procesar en su cabeza que se hallaba en una especie de cortocircuito neuronal, y no reaccionaba.
Ahí fue cuando Eleodora aprovechó la oportunidad, se colgó de los hombros del gigante por la espalda, pateó con ambos talones la parte trasera de las rodillas del rubio y éste se desplomó al piso. Mientras el tipo caía, Eleodora le quitó de la mano la pistola Ballester-Molina y la guardó en su cintura a la altura de la espalda.
En ese preciso instante llegaron los dos policías que terminaron de reducir al ladrón, el cual todavía no reaccionaba. El rubio miraba fijo sin poder creer lo que había sucedido y por momentos parecía querer despertar de una pesadilla.
Eleodora volvió a su casa contenta, ya que el chino se negó a cobrarle la Hesperidina.
Cuando llegó puso en el tocadiscos Mano a Mano, por Julio Sosa; se sirvió un trago; y cuando se sentó y apoyó la espalda en el respaldo de la silla para relajarse, sintió un bulto y se dió cuenta que todavía llevaba en la cintura la Ballester-Molina del cincuenta y tres.

jueves, 17 de octubre de 2013

La lujuria

La lujuria se considera pecado capital desde el siglo IV por el monje Evagrio Póntico, a pesar de que su existencia (la de la lujuria) es muy anterior incluso a la escritura. Si hoy en día la falta de televisor se relaciona inmediatamente con una actividad lujuriosa que compite con la de los conejos, podríamos imaginar el lugar que tendría la lascivia en una época prehistórica, es decir, en la que no existía ni siquiera la lectura.
Quizás Evagrio “el agrio” decidió declarar la lujuria pecado capital para fomentar el alfabetismo. En una época en que pocos sabían leer, la sociedad se dividía entre los que leían y los que … no leían.

No hay que confundir “pecado capital” con “pecado mortal”. Un pecado se denomina “capital” en el sentido de ser el origen de otros pecados. Y tampoco hay que confundir esto del origen con “pecado original”, que no está relacionado con la lujuria sino con el conocimiento del bien y el mal, la famosa manzanita.
Ahora, Adán y Eva estando en un paraíso con una temperatura moderada, al aire libre, solos y en bolas, con el pastito cortado y todo eso ¡Se condenaron para toda la cosecha por el conocimiento del bien y del mal!
Resulta decepcionante, al menos para mí, que el pecado original no haya sido la lujuria… ¡Daba!
Bien hubiera garpado nacer ya condenados por culpa de dos que se dieron con todo. Por el conocimiento los banco, pero por una buena revolcada los hubiese bancado dos veces.
Por otro lado, parece que estos dos eligieron el conocimiento y fueron condenados, pero aquellos que prefieren la lujuria también. Sinceramente, a alguna religiones no hay actividad que les venga bien.

Cuando comencé a buscar qué se entiende por lujuria me encontré con distintas acepciones. La primera que encontré fue “deseo sexual desordenado e incontrolable”. Lo de “desordenado” es un detalle discutible ya que no hay nada más ordenado que una orgía, donde organizarse resulta de suma importancia.
También me encontré con otros usos que aplican sobre conductas mucho menos felices (no sé si una orgía es algo feliz, pero mi imaginación así lo sugiere con total determinación).

Entonces seguí buscando y llegué hasta una idea bastante interesante: "Dante Alighieri consideraba que lujuria era el amor hacia cualquier persona, lo que pondría a Dios en segundo lugar".
No es de extrañar que este concepto provenga de un alma profundamente cristiana, pero tampoco extraña que venga de un poeta, ya que incorpora una potencia idílica colosal.

Entonces, para el Dante, la lujuria sería pecado capital, nada más ni nada menos, que por desplazar a Dios de la cima del amor del hombre.

De hecho, el primer mandamiento es “Amarás a Dios sobre todas las cosas”. Pero así como un solitario vello púbico tracciona más que un par de animales de tiro, el amor por un ser terrenal es capaz de dejar a dios abandonado en un mundo supralunar cerrado en temporada baja.

Este dios despechado no es relegado necesariamente por egoísmo, porque el amor desmedido puede ir un paso más relegando incluso el amor a sí mismo, en un sentimiento despojado completamente de egoísmo.
¡Vamos! ¿Cuánto pecado puede haber en esto?

En fin, quien haya alguna vez amado de la manera que digo, bien sabrá que no hay fuego eterno que haga temblar la determinación de un amante así. No hay promesa de eterna felicidad que venga a sobornar a un ser apasionado para que abandone su sentimiento. Quien posee una pasión así, bien sabe que hay algo más preciado que la felicidad de pasearse sobre nubes de algodón con una sonrisita modosa por toda la eternidad, aún si esa pasión responde a una realidad mezquina que desgarra el alma.

Entonces no me queda otra que declararme pecador de una tremenda lujuria; un pecador pertinaz e incapaz de arrepentimiento, aunque el goce fugaz que se fue tras el desencuentro me lleve al injusto infierno del otro mundo; y aunque también me condene a cocinarme a fuego lento en lo que de este mundo quede.

martes, 8 de octubre de 2013

Prejuicios

Se suele pensar que las personas que no se muestran perseverantes en el lamento dan muestra de una gran frialdad que les facilita las cosas; que pueden afrontar pérdidas, sostener situaciones o realizar grandes cambios porque no les pesa o duele lo suficiente.
Puede que en algún caso así sea, pero también los hay en los cuales el factor determinante es una voluntad fuerte.
Del mismo modo se suele pensar que la falta de reacción ante una agresión y la respuesta sincera y directa es muestra de indiferencia; o que resulta de la indiferencia el respetar que alguien se aleje, cuando muchas veces no es más que una gran voluntad haciendo lo que debe hacerse y guardándose de una actitud egoísta llena de afectación y reproches.
Creo firmemente que cada uno siente tanto dolor como es capaz de soportar, y la gente de gran voluntad es capaz de soportar dolor en dosis muy altas.
Tampoco es justo envidiar la fortuna en una persona que puede sonreír. Quizás no se trata ni más ni menos que de una gran voluntad levantándose sobre un dolor inimaginable; y probablemente, si uno estuviera en ese ansiado lugar, estaría nuevamente lamentando la mala fortuna del destino.
Hace muchos años presencié una partida de ajedrez donde las blancas aventajaban a las negras de manera evidente. Entonces, quien comandaba el lado negro comenzó a lamentarse en tal insoportable grado, que el jugador que llevaba las blancas le propuso dar vuelta el tablero y continuar con los lados invertidos. Quien manejaba las negras pasó a manejar las blancas y viceversa. Al poco rato, eran las negras quienes tomaron ventaja, con lo que nuevamente comenzaron las quejas. Los cambios de lado se sucedieron varias veces, siempre con el mismo resultado.
Esta pequeña historia guarda un sentido accesorio pero no menos importante: Quien no esté dispuesto a perder jugando al ajedrez, que no juegue.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Ella se lo pierde

Flaco, ya sé que sos un tipazo, pintón, divertido, maduro y que no tendrás una cupé pero no te falta el pan, ni la plata para una salida ¿Y qué se yo qué le pasa? Por ahí ella no te elige porque en lugar de una vida feliz al lado tuyo prefiere sufrir sola o con algún pelotudo que la faje. A lo mejor tiene uno de esos complejos que dicen los psicólogos; esos que hacen que una persona le guste pasarla mal. También entiendo que intentés ayudarla metiéndote en su vida así medio de prepo, como quien le hace tomar el remedio a un pibe porque sabe que es lo mejor para él. Y los pibes no quieren saber nada porque no saben que el remedio es por su bien. Se piensan que es para joderlos no más, o un castigo por haber roto algo, andá a saber qué piensan los pibes. Pero lo cierto es que no lo quieren tomar ni en pedo. Y ahí se lo tenés que encajar de prepo, porque lo único que uno quiere es que estén bien ¿No?
Pero bueno, ella no es una piba, dejala. Ella se lo pierde … Perdón que te pregunte esto, pero ¿Pensaste si a lo mejor es que no le gustás?

domingo, 29 de septiembre de 2013

Eleodora traductora

Eleodora se gana la vida con distintas actividades ocasionales. Entre ellas citamos una suplencia como redactora y un trabajo como correctora de cartas amorosas. Lo cierto es que vive de distintas changas.
No todos los trabajos de Eleodora están relacionadas con la escritura. Algunos tienen que ver con actividades culturales o artesanales, como la construcción, la tornería mecánica o la fundición de metales. También las hay otras que rozan con el bajo mundo del delito, permaneciendo convenientemente en secreto.
Entre las características salientes de Eleodora se cuenta su habilidad para dominar con poco esfuerzo cualquier idioma; hecho que la convierte en una de las más brillantes políglotas que el mundo jamás haya conocido. Tuve la oportunidad de escucharla dominar idiomas tan extraños como el birmano, el malayo e incluso los dialectos de los pueblos más recónditos de Oceanía. Aunque, a decir verdad, no podría decir si los sonidos guturales de su demostración eran las palabras de un idioma primitivo, o simplemente un hueso de pollo atorado en su esófago. Sin embargo, jamás me atreví a dudar de su honestidad.
Eleodora dice que no hay idioma que se resista; e insiste en que basta con aprender los modismos de los adolescentes, quienes suelen reducir la riqueza de cualquier idioma a una veintena de palabras chotas, con las cuales se las arreglan para comunicar casi cualquier cosa; incluso, cualquier cosa.
Sin embargo, Eleodora posee claramente un don que le valió una importante participación en la Convención de las Naciones Unidas para la prohibición de armas químicas, que se desarrolló en septiembre de dos mil uno en La Haya.
Eleodora fue convocada para asistir al primer ministro de Bután, Samtse Chang, como traductora del idioma dzongkha.
Samtse llegó a la ONU sin traductor propio dado que la dura vida en Bután, la cual basa su economía en la emisión de raros sellos postales para coleccionistas, llevó a aquellos pocos que dominaban algún otro idioma a huir al extranjero. Entre los que escaparon de la austeridad de Bután se cuentan, incluso, cuatro ministros y un príncipe.
El paso de Eleodora por la ONU trajo algunas consecuencias internacionales que permanecieron en secreto durante más de diez años, las cuales hoy tengo el permiso de revelar.
Los hechos que voy a relatar se desarrollaron durante el segundo día de debates en Naciones Unidas.
Promediando el discurso de Mr Alan Muck, representante norteamericano, se produjo una discusión subida de todo que motivó una pausa con refrigerio alcohólico con el fin de calmar los ánimos. El señor Muck había acusado a Burundi de llevar a cabo un reciente ataque con armas químicas sobre las tropas norteamericanas en suelo burundés. Muck tuvo que admitir una incursión encubierta norteamericana, que pretendía destruir una fábrica de frazadas que competía deslealmente con la industria textil de EEUU; pero a la vez afirmaba que esto no daba licencia a Burundi para que su fuerza aérea utilizara armas químicas contra soldados norteamericanos.
El primer ministro de Burundi aclaró que lo que Muck llamaba fuerza aérea, era en realidad dos Grumman a hélice de 1968 que Burundi utiliza para fumigar sus campos; y que lo que llamaba armas químicas eran aguas servidas, con las cuales habían rociado a los invasores con el fin de disuadirlos, cosa que habían logrado con gran éxito. Entonces, el primer ministro de Burundi selló su descargo haciendo pasar reiteradas veces su dedo índice derecho por el centro de un círculo formado por índice y pulgar de la otra mano. Cuando la traducción del gesto llegó a los auriculares de Mr Muck, éste intentó arrojarse sobre el burundés y tuvo que ser reducido por los representantes de Brasil y Panamá, mientras el de Uruguay reía muy divertido y se cebaba un mate.
Durante la pausa forzada, y entre trago y trago, Eleodora acompañaba al primer ministro Samtse traduciendo todas sus conversaciones. Una hora más tarde Samtse ya estaba bastante ebrio y aburrido, y mediante una seña hizo que su guardia trajera a su esposa Jetsún para que Eleodora la conociera. El guardia de Samtse era un malayo que no hablaba una palabra de dzongkha, pero era gran aficionado a los sellos postales y era el único que había aceptado el pago en estampillas de Bután.
Jetsún apareció tomada fuertemente del brazo por el malayo. Era una hermosa joven de no más de dieciseis años, y se veía aterrada. Samtse hizo las presentaciones y luego comenzó a contar un chiste sobre un japonés, un alemán y un butanés que se tiraban de un avión, pero antes de llegar al remate empezó a reír a carcajadas hasta casi asfixiarse; entonces tosió y se volvió para escupir en una maceta que tenía a sus espaldas.
En el breve lapso en que Samtse dió la espalda al grupo, la joven Jetsún se acercó al oído de Eleodora y le susurró en dzongkha “Ayudame a escapar, me compró y es malo, me golpea demasiado”; una lágrima escapó de sus ojos y empezó a recorrer sus rosadas mejillas, pero la niña la enjugó con su mano justo antes de que Samtse la viera.
Eleodoro notó algunas quemaduras de cigarrillo en el brazo de Jetsún y estalló en ira, sin dejar de mostrarse imperturbable. El cerebro de Eleodora se activó en su capacidad plena, pensando y proyectando distintas acciones que se abrían como las ramas de un árbol infinito. Los afilados circuitos de Deep Blue pudieron haber vencido a Gari Kasparov, pero ante una Eleodora que exploraba incontables movimientos buscando una salida para Jetsún, hubiera quedado reducida a la caja registradora de una mercería.
Los minutos transcurrían y Eleodora no encontraba ningún plan que arrojara un final conveniente. Entonces decidió echar manos a la obra improvisando una ligera venganza.
La noche anterior había conocido a Mbutu, un gigantesco moreno que trabajaba como guardaespaldas del primer ministro de Togo. Mbutu tenía una entrada extra de dinero descolgando cocos de las palmeras, cosa que lograba a fuerza de cabezados sobre la base del tronco. Ambos habían conversado animadamente. Entre risas, Mbutu se había confesado adicto al sexo violento y sin restricción de género ni número. Eleodora incluso había notado que Mbutu llevaba siempre una linterna de minero en su bolsillo, o bien poseía un miembro de proporciones ciclópeas. Juzgó con acierto que esto último era lo más probable.
En ese preciso momento Mbutu se encontraba a escasos cinco pasos del grupo, y el primer ministro butanés en cualquier momento se vería en la necesidad de vaciar su vejiga después de semejante ingesta alcohólica.
Eleodora se alejó por un instante de la pareja butanesa y se acercó al moreno. Lo saludó cariñosamente y le dijo en perfecto idioma Kabiye: “El gordo aquel es mi jefe y me pidió que te hable. Le gustás y quiere que lo sigas al baño cuando él vaya; que le tapes la boca y le propines sexo violento; y que no te detengas a pesar de su resistencia. A él le gusta así. También me aseguró que si lo hacés bien, el gobierno de Bután va a favorecer a Togo en toda votación de Naciones Unidas mientras dure su mandato”.
El guardaespaldas esgrimió una sonrisa que dejaba ver dos hileras de dientes intimidantes, y se dispuso a seguir las instrucciones de Eleodora al pié de la letra.
Tal como Eleodora había calculado, dos minutos después Samtse se dirigía tambaleante en dirección al baño. Caminaba seguido de cerca por Mbutu. Cuando ambos entraron al baño Eleodora se apostó en la puerta haciendo guardia. Mientras estuvieron encerrados se acercó el canciller Suizo, caminando con el paso apretado y presionando con la mano su bragueta, pero Eleodora lo derivó hacia otro servicio.
Luego de quince minutos Samtse salió del baño pálido y aterrado. Eleodora estaba preparada para tergiversar en su traducción cualquier declaración del butanés apenas comenzara el escándalo. Sin embargo, el funcionario no emitió ni un sólo sonido; y como pudo y rengueando, se dirigió nuevamente al recinto de la convención donde permaneció con la mirada perdida y los ojos lacrimosos; siempre de pié. Eleodora lo siguió expectante y cuando la convención volvió a sesionar, ella prosiguió con su traducción al dzongkha como si nada hubiera pasado.
Eleodora estaba casi satisfecha con su venganza, pero además necesitaba liberar a Jetsún. Las elucubraciones comenzaron a centellear en su cabeza, mientras en simultáneo traducía al dzongkha cada uno de los discursos de los representantes que pasaban por el estrado.
El representante de Togo era el último conferencista para la región africana, y había comenzado con un reclamo acerca el abuso de las grandes potencias sobre los países periféricos. Entonces Eleodora decidió jugarse a todo o nada.
Adulteró su traducción del discurso del funcionario togolés para Samtse usando las siguientes palabras: “Sabemos que en Asia compran y violentan a las mujeres. Las naciones africanas no tenemos poder político ni militar como para terminar con ese tipo de abusos; pero nuestros hombres encontrarán la manera de atacar y vejar a todos y cada uno de los representantes asiáticos, uno por uno, violentándolos cuando menos lo esperen, reiteradamente y sin descanso, sin piedad, así como lo hemos hecho en otras oportunidades; hasta que dejen en paz a sus mujeres. Es el deber de una región que ha sido bendecida con el poder de sus miembros. Que África sea una y sus hijos logren vengar a las desdichadas esclavas del Asia”.
Junto con esta falsa traducción de Eleodora, el representante de Togo terminaba su discurso alentando a resistir a las grandes potencias, provocando que todos los diplomáticos africanos estallaran en aplausos, de pie y emitiendo enfervorizados gritos de guerra.
La cara del butanés estaba completamente pálida, sudaba a chorros y mostraba una mueca desencajada. Dejó el recinto casi corriendo. A los diez minutos el guardia malayo lo conducía hacia el aeropuerto. Huyó dejando la convención y a su esposa, y se volvió a Bután. Nadie supo explicar por qué se había retirado prematuramente sin su mujer. Tampoco hubo demasiadas preguntas. Jetsún quedó libre en La Haya donde consiguió asilo político.
A partir de entonces, Bután apoyó de manera sistemática a cada uno de los países africanos en toda convención internacional; costumbre que continuó incluso después de que Samtse dejó la vida política.

martes, 24 de septiembre de 2013

Putéen como corresponde

Más a menudo de lo que quisiera, y ya casi como si constituyera una regla de urbanidad, me encuentro con puteadas del orden de “LPMQLP”, “LCDLL” o “HDP”. Me refiero a las siglas. En lugar de escribir “La recalcada concha de la lora”, se suele escribir “LRCDLL”.

Imagino dos motivos.

El primero por una cuestión de decoro. Sin embargo “putear decorosamente” es, en el mejor de los casos, un bonito oxímoron. Llámenlo contradicción si prefieren una visión más negativa y real del asunto.
Cuando uno putea tiene el sagrado deber de hacerlo con la convicción del que arroja sus entrañas por la boca. La puteada es un agravio que no admite tibiezas. Putear es para los que tienen las verijas (o la cajeta, para ser pluralistas) bien insertas en el lugar que les es natural.
Si el insulto produce cierto prurito, entonces a ser consecuentes y asumir la actitud modosa con la dignidad de un “Tonto”, o a lo sumo ir a fondo con un “Imbécil”.

El segundo motivo que imagino es por simple pereza.
A esta altura ya admito un “k” en lugar de un “qué”, pero no admito un “RHDP” en lugar del digno “Reverendo hijo de puta”. El insulto no se abrevia; se vive letra a letra; como una patada a la ingle que se realiza utilizando todas las articulaciones y sin escatimar la expresión de odio.
La puteada es una expresión que nace del más profundo sentimiento, como la mejor de las historias de amor. Imaginen un “Se vieron, se dieron un beso y vivieron felices” ¡Eso es mierda destilada! Lo que se expresa con el alma debe tener tiempo y espacio, movimiento y pausa, estrépito y silencios. Me meo de risa ante un “HDP”, pero respeto a quien escriba “¡Hijo de un camión de putas sifilíticas!”. La bronca no se abrevia, se desata para que otro la dome, si es macho. Y se putea porque uno se banca lo que venga. No como esos gallináceos que putean desde el auto y cuando los invitás a bajarse quedan cacareando un rato hasta que desaparecen.

No hagan tampoco como esos jugadores de fútbol que tapan su boca para putear al árbitro. Tipos que en su mayoría vienen de la cantera de la humildad, donde el agravio se hace con y sin testigos, aceptando todas las consecuencias que la afronta conlleva. Esos tipos que simulan faltas a fuerza de complejas rutinas gimnásticas que incluyen volteretas y saltos mortales; que se acercan al rival mano en boca para mentar a la madre o a la hermana. Insultan con la previsión de una posible sanción. En todo caso más vale callar, que al menos es señal de entereza. Insultan con cuidado, no sea que los aperciban o que luego sean criticados por un periodista del orto. Y entonces quedan a medias tintas, puteando con miedo.
Jugadores afectados y cobardes, honren las raíces de esta tierra que supo abrigar la bravura de aquellos ranqueles que resistieron cuanto pudieron la invasión de aquel hijo de puta que fue Nicolás Levalle, a quien no le bastó con matar a los hermanos paraguayos en la infame guerra de la tripe alianza, ni ser amigo de ese otro hijo de puta que fue Roca, y tuvo que ir también a aniquilar a los habitantes originarios de esta tierra.

Entonces, al putear ni lerdos ni perezosos, sin tibiezas y hasta lo último. Con el corazón, como corresponde. Y si van a dejar un comentario en esta nota, que sea una buena puteada con todas las letras.