Avanti, bersaglieri, che la vittoria é nostra!

domingo, 15 de diciembre de 2013

Una noche en el Colón - Parte II

El grupo se dispersa

En la puerta del teatro uno de los botones asiste a los concurrentes a medida que van ingresando. Se trata de Elpidio López, un moreno bonachón con rasgos indígenas, de corta estatura pero tan robusto como cordial. Al ver llegar a Eleodora la saluda efusivamente, y luego extiende la bienvenida a sus acompañantes.
La amistad entre Eleodora y Elpidio se remonta a unos cinco años atrás, un día en que nuestra escritora se encontraba recorriendo Parque Chas en busca del único mercado de Buenos Aires en el que aún puede conseguirse Ferro-China Bisleri, una de sus bebidas preferidas.
Eleodora se hallaba perdida en los vericuetos de Parque Chas, donde los mapas, brújulas y teléfonos con GPS se vuelven completamente inútiles y donde abundan esos bromistas que gustan de dar malas indicaciones por el simple placer de la malevolencia. Parque Chas es una suerte de triángulo de las Bermudas, donde se dice que un portal a otra dimensión retiene en el limbo a una multitud de aventureros que se adentraron en sus calles y nunca regresaron. Aquellos que dejaron solas a sus mujeres son duramente acusados de abandono del hogar y se los suele imaginar inmersos en una vida libertina bajo una nueva identidad. Aunque creo firmemente que fueron tragados por el mismo Parque Chas, y se encuentran perdidos en algún fantasmagórico corredor sin tiempo.
Eleodora había aceptado el desafío de internarse en el barrio y enfrentar la aventura prescindiendo de toda ayuda y orientación. Y fue tanto lo que caminó que luego de varias horas se encontró recorriendo las calles de Barrio Obrero, en el interior del partido de Lanús. Nunca notó haber cruzado Puente Alsina, por lo que supone que algún agujero de gusano fue abierto en alguno de los extraños e imposibles ángulos que forman las esquinas, y que dicha apertura del espacio-tiempo la dejó directamente allí. Mientras perseveraba en su intento de orientarse vio a un fornido muchacho transpirando debajo de una pesada bolsa de cemento portland. Se trataba de Elpidio. Descargaba él solo un camión que llevaba al menos treinta bolsas más. Eleodora se ofreció a ayudarlo y lo que al principio fue incredulidad de parte de Elpidio se transformó en sorpresa cuando pudo comprobar con qué facilidad Eledora manipulaba las bolsas sobre su espalda. Eleodora maniobraba el peso del cemento como si se tratase de un gato pequeño. En su humildad y para no desmerecer a Elpidio, decidió no demostrar de qué manera solía equilibrar hasta tres bolsas sobre sus trapecios, mientras ejecutaba un fragmento de baile y zapateo de “Cantando bajo la lluvia”.
En retribución por su ayuda, Elpidio la guió hasta un local cerca de la estación Lanús donde podía conseguir cualquier tipo de bebida. Allí Eleodora se surtió de Ferro-china, y también de Hesperidina y Pineral. Ese fue el comienzo de una grata amistad.

Elpidio mira a Aristóbulo y le comenta que no van a permitirle ingresar tal como está vestido. Piensa unos segundos y dice conocer muy bien al vestuarista del teatro; quien quizás pueda conseguirle un atuendo más apropiado.
Sin embargo Aristóbulo parece distraído y lejano a la conversación. No deja de observar a un pequeño moreno y regordete, de lentes con marco redondo y oscuro, que acaba de ingresar.
-Un marroquí- se le escapa en voz alta. Eleodora lo mira con curiosidad. Aristóbulo sigue absorto en un mar de deducciones que va corroborando mentalmente a partir de una detenida observación. Se acerca algo preocupado a Eleodora y le dice al oído
-Eleo, seguite de cera a ese marroquí, se me hace que no viene a escuchar el concierto, no estoy seguro pero creo que va para quilombo
-¿Cómo sabés que es marroquí?
-Por el fez rojo en su cabeza
Eleodora duda. Aristóbulo tiene una habilidad sorprendente para las deducciones, pero suele fallar con demasiada frecuencia. Aún así lo toma muy en serio, además le debe varias apariciones salvadoras.
Aristóbulo se aleja con Elpidio en dirección del depósito, donde un anciano octogenario le busca un frac. Después de rebuscar por varios minutos, el anciano da con la prenda apropiada: Un frac elegante que fue usado en alguna ocasión nada más ni nada menos que por Pavarotti.
Eleodora no pierde de vista al marroquí, y le indica a Xiao que ingrese en busca de los lugares que tienen asignados. Xiao no la escucha, pero puede leer la orden en los labios, y sin mediar palabra se interna diligente en la sala.

Mientras Xiao avanzaba por uno de los pasillos, un oscuro personaje fija la vista en el chino. Se trata de Rinat Dasayev, un ex agente de la KGB. Rinat reconoce al instante el andar tan particular de Xiao, en el cual adivina imperceptibles resabios de la marcha característica que el servicio secreto chino ejecutaba en sus desfiles (el servicio secreto chino dejó de marchar en desfiles hace ya varios años, desde que cayeron en la cuenta de que la participación en estos eventos iba en detrimento del anonimato de sus agentes). Rinat se fija ahora en los dedos de Xiao y nota una decoloración característica producto de los explosivos a base de polvo de hornear; no necesita más para confirmar que Xiao es un camarada del servicio secreto. Rinat repasa en rápidamente en su mente cerca de tres mil fotografías de agentes aliados que memorizó durante el servicio y reconoce claramente la de Xiao. Memorizar imágenes es una práctica habitual en los agentes, pero con los orientales la dificultad crece considerablemente ya que distinguirlos no es tarea fácil. Sin embargo la agudeza de Rinat es implacable; una perspicacia reconocida dentro de las mismas filas de la KGB, donde despertaba gran admiración; una sagacidad envidiada por sus compañeros y superiores y temida por sus adversarios; una habilidad extraordinaria a la que sin embargo se le escapa un único detalle: que Xiao es completamente sordo.
Rinat sigue a Xiao por el pasillo, se le acerca por detrás y le susurra -Camarada, no se de vuelta- Xiao continúa sin notar absolutamente nada -No tengo tiempo para explicarle, notará por mi acento a qué servicio pertenezco; necesito su ayuda; esta noche habrá un atentado; buscamos al “Topo”; le pido que esté atento; ya le daré más información-
Xiao nota a alguien demasiado cerca sobre su espalda y un aliento tibio cerca de su oreja. Se siente acosado sexualmente, gira la cabeza levemente y nota a un hombre caucásico y de pelo castaño oscuro, ya mayor. Aunque no es de su gusto se siente halagado, sin embargo se apura a tomar distancia y llegar a su asiento. Rinat queda conforme y confiado en la ayuda de Xiao.

Rinat Dasayev fue forzado a jubilarse tempranamente en la KGB. Era un apasionado del fútbol y excelente arquero. La KGB aprovechó sus habilidades deportivas para infiltrarlo en la selección soviética que participó en el mundial de fútbol de Mëxico’86, donde tuvo un gran desempeño como portero titular. Su misión era establecer contacto con un agente que oficiaba como utilero de la selección belga, del cual debía recibir importantes datos sobre bases secretas de la OTAN en el centro de Europa, casas de empeño en Oriente medio y cantantes tiroleses.
Luego del partido de cuartos de final, en el cual La Unión soviética perdió frente a Bélgica por cuatro tantos contra tres, Rinat se encontró con el belga en uno de los pasillos que unen ambos vestuarios. Cuando Rinat Dasayev le extendió la mano a modo de saludo, el utilero inscribió en su cara una sonrisa socarrona y le marcó el número cuatro extendiendo los dedos de su mano derecha y ocultando el pulgar, haciendo alusión a los cuatro goles que había sufrido el ruso en su propia valla. Como si fuera poco, con la mano izquierda en forma de puño con el hueco del pulgar hacia el estómago, realizó un vaivén hacia adelante y atrás que hacía entender que los rusos habían sido objeto de una vejación sexual. Entonces Dasayev le tomó la mano derecha, le fracturó los cuatro dedos, luego le aplicó un lance de judo arrojándolo al piso, y por último lo orinó. Rinat se retiró indignado y sin la información convenida. La historia de la guerra fría quizás hubiera tomado un rumbo distinto si no hubiera mediado la pasión del ruso por el fútbol, y quizás los cantantes tiroleses hubieran escarmentado tras una justa persecución.
Luego del incidente Rinat fue dado de baja convirtiéndose en el jubilado más joven de toda la unión soviética. Para entonces tenía apenas veintinueve años. Pero decidió continuar trabajando por su cuenta y dedicó el resto de su vida a perseguir al “Topo”, un agente marroquí que durante la guerra fría trabajaba para la CIA. Nadie jamás había visto al Topo y algunos lo tomaban como una leyenda. La única confirmación real de su existencia fue dada por el inspector Squirrel, de la CIA, que oficiaba de contacto entre el Topo y la agencia. Se dice que el Topo marroquí y el inspector Squirrel trabajaron juntos en una gran cantidad de misiones, llegando a un nivel de eficacia temible dentro del mundo del espionaje. Finalizada la guerra fría, caído el muro de Berlín y tras el inicio de la primera emisión de Los Simpsons, el Topo abandonó todo contacto con la agencia y comenzó a trabajar por su cuenta como agente mercenario. Squirrel nunca accedió a brindar información de su antiguo contacto y nunca se supo qué aspecto tenía el Topo ni para quién podría estar trabajando, probablemente fuera para el mejor postor.

Aristóbulo deja el depósito haciendo gala de su frac. En el camino se cruza con algunas señoritas a las que les sonríe, mientras se escupe una mano para luego peinar sus escasos y largos cabellos. Xiao espera paciente en su butaca, y Eleodora se interna por un oscuro pasillo tras el marroquí. En una de las vueltas parece perderlo, pero nota que se escabulló por un hueco de ventilación en la pared. Eleodora, sin dudar, ingresa también en ese hueco, recorre apenas un par de metros a gatas y sale a un pasillo más grande en forma de cueva, mugroso y con agua hasta los tobillos.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Una noche en el Colón - Parte I

La llegada

Los relojes marcan las nueve y la luna llena brilla en un firmamento sin nubes. Un Valiant III color blanco se detiene frente a la entrada principal del teatro Colón. Los carteles anuncian una velada extraordinaria de música, con la orquesta nacional ejecutando la sinfonía número cuatro “Non ho sentito un corno” del prodigioso Giuseppe Bordón, para corno francés y orquesta. Giuseppe Bordón es considerado un maestro de los silencios. De hecho, lo más valorado de toda su prolífica producción son los largos intervalos sin notas, los cuales abundan en todas sus obras.
En la puerta del teatro, una pareja que se encuentra a punto de ingresar vuelve sobre sus pasos para observar, incrédulos, el carromato blanco que ronronea sobre la acera a escasos metros. El conductor del Valiant siente la presión de las miradas, recorre su cuerpo ese nerviocillo del artista que no quiere defraudar a su público, entonces bombea varias veces el pedal del acelerador y el motor dos veinticinco de seis cilindros ruge como un león. Satisfecho, el Valiant vuelve a regular con suavidad.

De los asientos traseros del auto blanco descienden Xiao Ming por la izquierda y Aristóbulo por la derecha. Ambos se aprestan a ubicarse frente a la puerta del acompañante a modo de escolta. Xiao observa suspicaz hacia los puntos estratégicos donde podría ubicarse un francotirador, no porque sospeche alguna amenaza sino por simples gajes del oficio. Entre tanto, Aristóbulo clava la mirada sobre un escote rojo carmín que se balancea a cuarenta metros y acercándose. Xiao viste de elegante frac y Aristóbulo lleva pantalón de cuero negro, zapatillas Champion al tono y camisa violeta al estilo Elvis con tachas plateadas en el cuello. Desde la entrada del teatro los curiosos dirigen la mirada sobre esa puerta del Valiant que aún no se ha abierto. Solamente se distingue un brazo femenino que descansa apoyado sobre el exterior de la carrocería, la muñeca plácida sobre el marco de la ventanilla y el codo cayendo por fuera lánguidamente, como el cuello de un cisne con modorra. Finalmente la puerta del auto se abre y se alcanza a escuchar el fragmento final del diálogo con el conductor: -... el Loco Di Palma corría en uno de estos; tenés que abrirle más nafta al carburador; te come la vida pero tira que da calambre; si no lo vas a pisar cambialo por una renoleta-. Del auto baja finalmente Eleodora, con vestido de gala, Xiao y Aristóbulo se ubican a su lado y avanzan juntos hacia la puerta del teatro.

Xiao Ming es sobrino de la servicial y perseverante anciana que vende los Carlos Luna de terracota en el barrio chino; la misma que siguiera a Eleodora hasta el Impenetrable chaqueño. Xiao llegó de China poco tiempo después de dejar el servicio secreto de su país. Recibió la baja debido a la pérdida total de la audición, la cual compensa a medias con una admirable habilidad para leer los labios. Con frecuencia nos suele recordar, mientras eleva sus ojos rasgados hacia el cielo, que su lectura preferida es Angelina Jolie.
Estando Xiao de servicio en Beijing, intentó desarmar un artefacto explosivo compuesto por una mezcla de clorato de potasio, azufre y polvo de hornear. Un error en la maniobra provocó la explosión de la que salió milagrosamente en una sola pieza, aunque le provocó la pérdida del cincuenta por ciento de la audición. Cuando se me ocurrió preguntarle a Xiao por qué usaban polvo de hornear en la mezcla explosiva éste contestó “es obvio, en reemplazo de la levadura”, luego de lo cual opté por no seguir preguntando.
Xiao perdió el resto de la capacidad auditiva frente a un altoparlante en un recital de The Offspring, banda que solía escuchar con fruición. Cuando quedó irremediablemente sordo tomó tal rencor a la banda que decidió con toda su firmeza china no volver a escucharla jamás.
Eleodora cree que Xiao perdió algo más que el oído. No quiso preguntarle por qué deseaba tanto ir a un concierto el cual no puede escuchar. Es que Xiao es una persona muy orgullosa y por lo general no admite su sordera.

Cuando Xiao dejó el servicio secreto cayó en una depresión que los médicos atribuyeron a la falta de adrenalina. Fue entonces cuando decidió ir en busca de aventuras. Mientras barajaba la posibilidad de viajar a Oriente Medio (al que en China llaman Occidente Medio), una carta de su tía donde contaba las vicisitudes de una extraña ciudad americana lo decidió a trasladarse allí. Y así fue que Buenos Aires lo recibió con su habitual calidez, notada por Xiao cuando bajó del avión, quien expresó en su lengua natal -¡Qué humedad de mierda! Esto es peor que Vietnam-
En casa de su tía conoció a Eleodora, a quién acompañó en distintas aventuras que le proporcionaron una nueva fuente de emoción. Se lo escuchó varias veces decir que “Pasear con Eleodora es más peligroso que perseguir a un agente del Mosad por Tel Aviv”. Al respecto, Xiao contaba que el servicio secreto chino jamás pudo infiltrar a sus agentes en Israel. A pesar de entrenarse aprendiendo cada detalle de la cultura israelí, de dominar a la perfección el hebreo y el yiddish y conocer cada palmo de la Torah y el Sidur, nunca lograron disimular sus ojos rasgados. Utilizar una personalidad suspicaz para disimular sus particulares facciones lograba demorar el descubrimiento algún tiempo, pero siempre quedaban en evidencia, perdiendo así una infinidad de agentes en dicha región.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Orgullo

Podemos pensar que estamos determinados por nuestra historia, por lo que vivimos en los inicios de nuestras vidas cuando aún no teníamos herramientas para lidiar con la realidad. Por otro lado, también podemos pensar que somos libres de hacer con nuestra vida lo que queramos, y que la historia no es más que una suerte de excusa para no hacerlo.
Podemos adoptar y afirmar cualquiera de las dos posturas, y lo más probable es que lo hagamos desde el sentimiento que tengamos respecto a nuestra realidad. Sigo afirmando que uno no elige una postura filosófica en base a la meditación concienzuda; sino que uno ya tiene una forma de ser en el mundo y toma la filosofía que mejor lo representa; adopta un marco favorable.

Disfruto de pensar, más allá de lo mucho o poco que me resulte. Así y todo nunca, por vueltas que le dí, pude adoptar plenamente ninguna de las dos ideas. Este problema de la Libertad siempre me abrumó.
Sin embargo, no hace mucho me encontré con una frase de Jean Paul Sartre que vino a darme un poco de paz al respecto y decidí adoptarla plenamente: “Lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros”.
Al principio la tomé como una especie de síntesis dialéctica de las posturas antes mencionadas, pero inmediatamente noté que se trata de una afirmación tajante de la libertad. Afirma categóricamente que no estamos determinados. Es decir, si bien es cierto que “nos hacen” de determinada manera, también es cierto que siempre existe la posibilidad de actuar sobre lo que hicieron de nosotros.
Dice, más claramente, que no podemos escapar de la libertad, así como no podemos escapar de la responsabilidad.

¿Y el orgullo?
De la misma manera que detesto las fotos morbosas en internet con un supuesto mensaje moral, es que prefiero evitar la morbosidad de contar mi historia. No tengo nada que esconder ni lamentar, pero las redes sociales suelen ser demasiado retorcidas como para alimentarlas con algunas historias de vida.
Pero lo que puedo decir es que, personalmente, tengo una sola cosa de valor; hay una única cosa que me hace sentir orgulloso. En momentos en que lo único que tenía era lo que llevaba puesto, sabía que había algo muy valioso que nadie nunca me iba poder quitar. Lo que dice Sartre ¡Lo que hice con lo que hicieron de mí!
Soy libre y responsable de todas mis cagadas, que son muchas, pero no me escudo en mi infancia. Con mis padres tendría excusa para ser asesino serial. Pero si me hicieron mierda no es una mala noticia, sino una prueba acorde a mi voluntad de superación. Si me equivoco es por pelotudo, nada más; y entonces trato de corregir lo que puedo y sigo. Así y todo, cuando veo de donde vengo, pensar que fui el único y libre artífice de mi realidad actual me llena de orgullo. No tengo ninguna otra cosa buena, pero ese sólo orgullo para mí es suficiente.
Y por mi condición e historia ¡Y por orgullo! es que elijo ser ferviente e incondicional defensor del concepto de libertad. Es por eso y no otra cosa que no acepto el clásico “Pero pobre, es así por lo que vivió”, porque así como yo, conozco varias personas que tuvieron infancias espantosas y no se transformaron en algo “así”, sino que se cargaron su vida al hombro y operaron una metamorfosis a fuerza de voluntad.
Que cada uno se construya su motivo de orgullo, o se retire con sus pretensiones de fatalidad a otro lado.
La suerte no discrimina, no te toma de punto. En cambio la voluntad es totalmente personal y sólo la puede poner uno, ahí no hay tutía. No hay buena o mala suerte (y si la hay es para todos igual), pero lo que sí hay es mayor o menor voluntad. Ahí se ven los pingos.

lunes, 21 de octubre de 2013

Eleodora héroe de la comunidad china

Estos días apareció en la tele la noticia del asalto frustrado a un supermercado chino. Según los periodistas un par de valientes agentes redujeron a un asaltante armado sin provocar heridos. Para mí pasó como una noticia más, hasta que me enteré lo que en realidad sucedió.

Eleodora se encontraba en el supermercado chino reponiendo parte de su arsenal alcohólico. Luego del episodio del Carlos Luna de terracota se hizo muy conocida en la comunidad, donde comenzó a ser muy bien recibida. Tanto fue así, que el dueño del supermercado consigue las poco comunes botellas de Hesperidina especialmente para ella.
Eleodora había llenado con botellas dos canastos y llevaba uno en cada mano. Prefiere los canastos a los carritos porque le permiten mantener en forma sus hombros, esenciales para acarrear bolsas de cemento portland.
Eleodora se acercó a la caja y estaba por apoyar los canastos en la mesa donde se encuentra el lector de códigos de barra, cuando un individuo la quitó de enmedio de un empujón, se adelantó y se ubicó delante de ella frente al cajero, dándole la espalda.
Eleodora le gritó indignada -Yo estaba primera ¿Qué te colás, pelotudo?-
El tipo se dio la vuelta. Se trataba de un hombre caucásico, rubio, de poco más de un metro noventa y con una contextura física similar a un ropero. Sus ojos se encontraban casi reducidos y ocultos tras dos pómulos de concreto y una frente acorazada, y su mandíbula sobresalía como la de un bulldog. Llevaba un cigarrillo sobre la comisura derecha, los labios casi inexistentes y una pistola Ballester Molina del cincuenta y tres bien aferrada a su diestra, con la cual ahora apuntaba a Eleodora.
Eleodora no se amedrentó y le volvió a gritar en la cara -¿Escuchaste boludazo? Yo estaba primera- El rubio pareció abrir un poco los ojos, como sorprendido, pero reaccionó levemente con un -Esto es un asalto-
Eleodora entonces replicó usando una voz grave y tonta, con acento arrastrado, acentuando un tono idiota al llevar las comisuras hacia abajo y los labios hacia adelante, con evidente intención de estar imitándolo -Esto es un asalto, esto es un asalto- Y luego continuó con su propia voz -Ya sé, estúpido, eso te da cierto poder para que el chino te de la guita, pero no te da derecho a colarte; dejame pasar, pelotudazo-
En el rubio operaba un desconcierto tal, que lo mantenía paralizado, con el índice firme sobre el gatillo de la pistola, pero inmóvil.
Como si de un duelo se tratase, Eleodora desenfundó su mirada más fiera; tras lo cual el chino, que estaba detrás del rubio, tuvo que cerrar los ojos al no poder soportar esa visión. Detrás del chino, una botella de Campari se rajó a la mitad y cuatro cajas de caldo de verdura cayeron al piso.
El rubio soltó dos lagrimones debido al ardor en los ojos, provocado por la mirada de Eleodora. Pero era duro, muy duro. Entonces aspiró profundo a través del cigarrillo, cuya punta se encendió como una antorcha, levantó el arma y la apuntó directo a la cara de Eleodora.

De repente se oyó un barullo confuso que provenía de la puerta. Alguien había entrado rauda y atropelladamente, atravesando las tiras de plástico multicolor que colgaban de la entrada formando una cortina.
Era Aristóbulo, que de algún modo se había percatado del peligro que acechaba a su prima.
Entró a la carrera traspasando la cortina, pero un manojo de tiras se habían enredado en sus brazos convirtiéndose en nudos a la altura de sus axilas. Debido al apuro y el sobrepeso no pudo controlar su entrada; no logró detenerse y pasó de largo perdiéndose entre las góndolas y arrancando de cuajo la cortina, la cual se llevó completa y a la rastra por el piso.

El rubio quedó, una vez más, inmóvil, sorprendido, petrificado.

De repente, el chino, el rubio y Eleodora vieron emerger de la última góndola a Aristobulo, gordo, con bigotes a lo Pancho Villa, lentes grandes y oscuros, cadena de oro al cuello, camisa de colores, pantalón corto y medias de toalla metidas en dos ojotas.
Se acercó al rubio ensayando un paso altanero y elegante, el cual fue malogrado por la cortina de plástico que aún arrastraba colgando de sus hombros. Aristóbulo, rápidamente, descubrió desde su espalda su mano derecha portando un desodorante que había tomado de una de las góndolas, con un golpe de palma de la mano izquierda le quitó la tapa, a la manera de los pistoleros del viejo oeste, y lo apuntó a la cara del ladrón. Cuando intentó vaporizar el contenido sobre los ojos del rubio ¡Que sorpresa se llevaron todos! Se trataba de un desodorante a bolilla.

El rubio parecía una estatua viviente. Era tanto lo que no podía procesar en su cabeza que se hallaba en una especie de cortocircuito neuronal, y no reaccionaba.
Ahí fue cuando Eleodora aprovechó la oportunidad, se colgó de los hombros del gigante por la espalda, pateó con ambos talones la parte trasera de las rodillas del rubio y éste se desplomó al piso. Mientras el tipo caía, Eleodora le quitó de la mano la pistola Ballester-Molina y la guardó en su cintura a la altura de la espalda.
En ese preciso instante llegaron los dos policías que terminaron de reducir al ladrón, el cual todavía no reaccionaba. El rubio miraba fijo sin poder creer lo que había sucedido y por momentos parecía querer despertar de una pesadilla.
Eleodora volvió a su casa contenta, ya que el chino se negó a cobrarle la Hesperidina.
Cuando llegó puso en el tocadiscos Mano a Mano, por Julio Sosa; se sirvió un trago; y cuando se sentó y apoyó la espalda en el respaldo de la silla para relajarse, sintió un bulto y se dió cuenta que todavía llevaba en la cintura la Ballester-Molina del cincuenta y tres.

jueves, 17 de octubre de 2013

La lujuria

La lujuria se considera pecado capital desde el siglo IV por el monje Evagrio Póntico, a pesar de que su existencia (la de la lujuria) es muy anterior incluso a la escritura. Si hoy en día la falta de televisor se relaciona inmediatamente con una actividad lujuriosa que compite con la de los conejos, podríamos imaginar el lugar que tendría la lascivia en una época prehistórica, es decir, en la que no existía ni siquiera la lectura.
Quizás Evagrio “el agrio” decidió declarar la lujuria pecado capital para fomentar el alfabetismo. En una época en que pocos sabían leer, la sociedad se dividía entre los que leían y los que … no leían.

No hay que confundir “pecado capital” con “pecado mortal”. Un pecado se denomina “capital” en el sentido de ser el origen de otros pecados. Y tampoco hay que confundir esto del origen con “pecado original”, que no está relacionado con la lujuria sino con el conocimiento del bien y el mal, la famosa manzanita.
Ahora, Adán y Eva estando en un paraíso con una temperatura moderada, al aire libre, solos y en bolas, con el pastito cortado y todo eso ¡Se condenaron para toda la cosecha por el conocimiento del bien y del mal!
Resulta decepcionante, al menos para mí, que el pecado original no haya sido la lujuria… ¡Daba!
Bien hubiera garpado nacer ya condenados por culpa de dos que se dieron con todo. Por el conocimiento los banco, pero por una buena revolcada los hubiese bancado dos veces.
Por otro lado, parece que estos dos eligieron el conocimiento y fueron condenados, pero aquellos que prefieren la lujuria también. Sinceramente, a alguna religiones no hay actividad que les venga bien.

Cuando comencé a buscar qué se entiende por lujuria me encontré con distintas acepciones. La primera que encontré fue “deseo sexual desordenado e incontrolable”. Lo de “desordenado” es un detalle discutible ya que no hay nada más ordenado que una orgía, donde organizarse resulta de suma importancia.
También me encontré con otros usos que aplican sobre conductas mucho menos felices (no sé si una orgía es algo feliz, pero mi imaginación así lo sugiere con total determinación).

Entonces seguí buscando y llegué hasta una idea bastante interesante: "Dante Alighieri consideraba que lujuria era el amor hacia cualquier persona, lo que pondría a Dios en segundo lugar".
No es de extrañar que este concepto provenga de un alma profundamente cristiana, pero tampoco extraña que venga de un poeta, ya que incorpora una potencia idílica colosal.

Entonces, para el Dante, la lujuria sería pecado capital, nada más ni nada menos, que por desplazar a Dios de la cima del amor del hombre.

De hecho, el primer mandamiento es “Amarás a Dios sobre todas las cosas”. Pero así como un solitario vello púbico tracciona más que un par de animales de tiro, el amor por un ser terrenal es capaz de dejar a dios abandonado en un mundo supralunar cerrado en temporada baja.

Este dios despechado no es relegado necesariamente por egoísmo, porque el amor desmedido puede ir un paso más relegando incluso el amor a sí mismo, en un sentimiento despojado completamente de egoísmo.
¡Vamos! ¿Cuánto pecado puede haber en esto?

En fin, quien haya alguna vez amado de la manera que digo, bien sabrá que no hay fuego eterno que haga temblar la determinación de un amante así. No hay promesa de eterna felicidad que venga a sobornar a un ser apasionado para que abandone su sentimiento. Quien posee una pasión así, bien sabe que hay algo más preciado que la felicidad de pasearse sobre nubes de algodón con una sonrisita modosa por toda la eternidad, aún si esa pasión responde a una realidad mezquina que desgarra el alma.

Entonces no me queda otra que declararme pecador de una tremenda lujuria; un pecador pertinaz e incapaz de arrepentimiento, aunque el goce fugaz que se fue tras el desencuentro me lleve al injusto infierno del otro mundo; y aunque también me condene a cocinarme a fuego lento en lo que de este mundo quede.

martes, 8 de octubre de 2013

Prejuicios

Se suele pensar que las personas que no se muestran perseverantes en el lamento dan muestra de una gran frialdad que les facilita las cosas; que pueden afrontar pérdidas, sostener situaciones o realizar grandes cambios porque no les pesa o duele lo suficiente.
Puede que en algún caso así sea, pero también los hay en los cuales el factor determinante es una voluntad fuerte.
Del mismo modo se suele pensar que la falta de reacción ante una agresión y la respuesta sincera y directa es muestra de indiferencia; o que resulta de la indiferencia el respetar que alguien se aleje, cuando muchas veces no es más que una gran voluntad haciendo lo que debe hacerse y guardándose de una actitud egoísta llena de afectación y reproches.
Creo firmemente que cada uno siente tanto dolor como es capaz de soportar, y la gente de gran voluntad es capaz de soportar dolor en dosis muy altas.
Tampoco es justo envidiar la fortuna en una persona que puede sonreír. Quizás no se trata ni más ni menos que de una gran voluntad levantándose sobre un dolor inimaginable; y probablemente, si uno estuviera en ese ansiado lugar, estaría nuevamente lamentando la mala fortuna del destino.
Hace muchos años presencié una partida de ajedrez donde las blancas aventajaban a las negras de manera evidente. Entonces, quien comandaba el lado negro comenzó a lamentarse en tal insoportable grado, que el jugador que llevaba las blancas le propuso dar vuelta el tablero y continuar con los lados invertidos. Quien manejaba las negras pasó a manejar las blancas y viceversa. Al poco rato, eran las negras quienes tomaron ventaja, con lo que nuevamente comenzaron las quejas. Los cambios de lado se sucedieron varias veces, siempre con el mismo resultado.
Esta pequeña historia guarda un sentido accesorio pero no menos importante: Quien no esté dispuesto a perder jugando al ajedrez, que no juegue.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Ella se lo pierde

Flaco, ya sé que sos un tipazo, pintón, divertido, maduro y que no tendrás una cupé pero no te falta el pan, ni la plata para una salida ¿Y qué se yo qué le pasa? Por ahí ella no te elige porque en lugar de una vida feliz al lado tuyo prefiere sufrir sola o con algún pelotudo que la faje. A lo mejor tiene uno de esos complejos que dicen los psicólogos; esos que hacen que una persona le guste pasarla mal. También entiendo que intentés ayudarla metiéndote en su vida así medio de prepo, como quien le hace tomar el remedio a un pibe porque sabe que es lo mejor para él. Y los pibes no quieren saber nada porque no saben que el remedio es por su bien. Se piensan que es para joderlos no más, o un castigo por haber roto algo, andá a saber qué piensan los pibes. Pero lo cierto es que no lo quieren tomar ni en pedo. Y ahí se lo tenés que encajar de prepo, porque lo único que uno quiere es que estén bien ¿No?
Pero bueno, ella no es una piba, dejala. Ella se lo pierde … Perdón que te pregunte esto, pero ¿Pensaste si a lo mejor es que no le gustás?